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SALMO de David: De los hijos de Jonadab, y de los primeros cautivos. En ti, ¡oh Señor!, tengo puesta mi esperanza; no sea yo para siempre confundido. 2 Líbrame por tu justicia, y sácame del peligro. Presta oídos a mis súplicas, y sálvame. 3 Sé para mí un Dios protector, y un seguro asilo para ponerme a salvo, ya que tú eres mi fortaleza y mi refugio. 4 Dios mío, líbrame de las manos del pecador, y de las manos del transgresor de la ley, y del inicuo; 5 pues tú eres Señor, la expectación mía, tú ¡oh Señor! mi esperanza desde mi juventud. 6 En ti me he apoyado desde el vientre de mi madre, desde cuando estaba en sus entrañas eres tú mi protector. Tú eres siempre el asunto de mis cánticos. 7 Como una especie de prodigio, así soy mirado por muchos; mas tú eres un poderoso defensor. 8 Llénese de loores mi boca, para cantar todo el día tu gloria y la grandeza tuya. 9 No me abandones en el tiempo de la vejez; cuando me faltaren las fuerzas no me desampares. 10 Pues mis enemigos prorrumpen en dicterios contra mí, y se han juntado en consejo los que estaban asechando mi vida, 11 diciendo: Dios le ha desamparado; corred tras él, y prendedle, que ya no hay quien lo liberte. 12 ¡Oh Dios! no te alejes de mí. Acude, Dios mío, a socorrerme.
13 Corridos queden y perezcan los que me calumnian; cubiertos sean de confusión y vergüenza los que procuran mi daño. 14 Por mi parte no cesaré, ¡oh Señor!, de esperar en ti; y añadiré siempre nuevas alabanzas. 15 Mi boca predicará tu justicia todo el día, y la salud que de ti viene. Como yo no entiendo de literatura o sabiduría mundana, 16 me internaré en la consideración de las obras del Señor; de tu justicia, ¡oh Señor!, haré yo memoria. 17 Tú, ¡oh Dios!, fuiste mi maestro desde mi tierna edad; y yo publicaré tus maravillas que he experimentado hasta ahora.


18 Y tú, ¡oh Dios!, en mi vejez no me desampares, a fin de que anuncie el poder de tu brazo a toda la generación que vendrá; 19 aquel tu poder y justicia, ¡oh Dios!, más sublimes que los cielos, y aquellas grandes cosas que has hecho. ¡Quién como tú, oh Dios mío! 20 ¡Cuántas y cuán acerbas tribulaciones me has hecho probar! Y vuelto a mí me has hecho revivir, y nuevamente me has sacado de los abismos de la tierra. 21 Diste a conocer de mil maneras la magnificencia de tu gloria; y vuelto a mí me consolaste. 22 Por lo que yo también celebraré, al son de instrumentos músicos, la fidelidad tuya en las promesas: Te cantaré salmos con la cítara, ¡oh Dios santo de Israel! 23 De gozo rebosarán mis labios y el alma mía, que tú redimiste, al cantar tus alabanzas. 24 Todo el día se empleará mi lengua en hablar de tu justicia; luego que los que procuran mi daño estén llenos de confusión y vergüenza.

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Atlas