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RETIRADOS que fueron éstos, Judit entró en su oratorio, y vistiéndose de cilicio, esparció ceniza sobre su cabeza, y postrada ante el Señor, clamaba a él diciendo: 2 Señor Dios de mi padre Simeón, a quien pusiste la espada en las manos para castigar aquellos extranjeros que por una infame pasión violaron y desfloraron una virgen, llenándola de afrenta;


3 por cuyo motivo hiciste que sus mujeres fuesen robadas, y cautivadas sus hijas; y dividiste todos los despojos entre tus siervos que ardieron en celo de tu honor; socorre, te suplico, oh Señor Dios mío, a esta viuda. 4 Puesto que tú eres el que obraste antiguamente aquellas cosas estupendas, y tienes resuelto ejecutar otras después a su tiempo; habiéndose hecho siempre lo que has querido. 5 Pues todos tus caminos están aparejados desde la eternidad, y has fundado tus juicios en tu infalible providencia. 6 Vuelve, pues, ahora la vista sobre el campamento de los asirios, como te dignaste en otra ocasión volverla sobre el de los egipcios, cuando corrían sus tropas en pos de tus siervos, confiando en sus carros armados, en su caballería, y en la muchedumbre de sus guerreros.


7 Pero tú tendiste la vista sobre su campamento, y quedaron envueltos en tinieblas. 8 El abismo detuvo sus pasos, y las aguas los anegaron. 9 Así suceda con éstos, Señor, que ponen la confianza en su gran número, y en sus carros de guerra, y se glorían en sus picas, y en sus escudos, y en sus saetas, y en sus lanzas; 10 y no saben que tú eres nuestro Dios, que de tiempo antiguo desbaratas los ejércitos, y tienes por nombre el Señor, esto es, Yahvé. 11 Levanta tu brazo, como ya otra vez hiciste, y con tu poder infinito estrella su fuerza; caiga por tierra todo el poder de ellos al golpe de tu ira, ya que presumenh violar tu santuario, y profanar el Tabernáculo dedicado a tu Nombre santo, y derribar con su espada la gloria de tu altar. 12 Haz, Señor, que la cabeza de ese soberbio sea cortada con su propia espada.
13 Sean sus ojos, fijados en mí, el lazo en que quede preso, y hiérele tú, oh Señor, con las afectuosas palabras que salgan de mi boca. 14 Infunde constancia en mi corazón para despreciarle, y valor para destruirlo; 15 porque será un glorioso monumento de tu Nombre, el que sea derribado al suelo por mano de una mujer.


16 Que no consiste, Señor, tu poder en la multitud de escuadrones, ni te complaces en la fuerza de la caballería; desde el principio del mundo te han desagradado los soberbios habiéndote sido siempre grata la oración de los humildes y mansos. 17 Oh Dios de los cielos, creador de las aguas y Señor de todas las criaturas, oye benigno a esta miserable que recurre a ti, y lo espera todo de tu misericordia. 18 Acuérdate, Señor, de tu alianza, y ponme tú las palabras en la boca, y fortifica mi corazón en esta empresa; a fin de que tu templo se mantenga siempre consagrado a tu culto, 19 y reconozcan las naciones todas que tú eres el Dios, y que no hay otro fuera de ti.

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Atlas