Y me habló el Señor, diciendo: 2 Hijo de hombre, vuelve tu rostro hacia Jerusalén , y habla contra los santuarios, o el templo, y profetiza contra la tierra de Israel. 3 Y dirás a la tierra de Israel: Esto dice el Señor Dios: Mira que yo vengo contra ti, y desenvainaré mi espada, y mataré en ti al justo y al impío. 4 Y por cuanto he de matar en ti al justo y al impío, por eso saldrá mi espada de su vaina contra todo hombre, desde el mediodía hasta el septentrión, 5 a fin de que sepan todos que yo el Señor he desenvainado mi irresistible espada. 6 Pero tú, oh hijo de hombre, gime como quien tiene quebrantados sus lomos, y gime en la amargura de tu corazón, a vista de éstos. 7 Y cuando te preguntaren: ¿Por qué gimes?, responderás: Por la nueva que corre; porque viene el enemigo, y desmayarán todos los corazones, y desfallecerán todos los brazos, y decaerán los ánimos de todos, y todas las rodillas darán una contra otra de puro miedo. He aquí que llega tu ruina, y se efectuará, dice el Señor Dios.

8 Y me habló el Señor diciendo: 9 Profetiza, ¡oh hijo de hombre!, y di: Esto dice el Señor Dios: La espada, la espada está aguzada y bruñida. 10 Está aguzada para degollar las víctimas, y bruñida a fin de que reluzca: ¡Oh espada!, tú que abates el cetro de mi hijo, tú cortarás cualquier otro árbol. 11 Yo la di a afilar para tenerla a la mano; aguzada ha sido esta espada, acicalada ha sido ella para que la empuñe el matador. 12 Grita y aúlla, ¡oh hijo de hombre!, porque esta espada se ha empleado contra el pueblo mío, contra todos los caudillos de Israel que habían huido: Entregados han sido al filo de la espada, junto a mi pueblo; date, pues, con tu mano golpes en el muslo. 13 Porque espada es ésta probada ya; y se verá cuando haya destruido el cetro de Judá, el cual no existirá más, dice el Señor Dios. 14 Tú, pues, ¡oh hijo de hombre!, vaticina, y bate una mano con otra, y redóblese y triplíquese el furor de la espada homicida; ésta es la espada de la gran mortandad, que hará quedar atónitos a todos, 15 y desmayar de ánimo, y multiplicará los estragos. A todas sus puertas he llevado yo el terror de la espada aguda y bruñida, a fin de que brille, y esté pronta para dar la muerte. 16 Agúzate, ¡oh espada!, ve a la diestra o a la siniestra, ve a donde gustes. 17 Lo aplaudiré yo también con palmadas, y se saciará mi indignación. Yo el Señor soy el que he hablado.

18 Me habló de nuevo el Señor diciendo: 19 Y tú, hijo de hombre, diséñate dos caminos, por los cuales pueda venir la espada del rey de Babilonia; ambos saldrán de un mismo punto; y al principio del doble camino el rey con su misma mano sacará por suerte una ciudad. 20 Señalarás, pues, un camino por el cual la espada vaya a Rabbat, capital de los amonitas, y otro por el cual vaya a Judá, a la fortificadísima Jerusalén . 21 Porque el rey de Babilonia se parará en la encrucijada, al principio de los dos caminos, buscando adivinar por medio de la mezcla de las saetas; y además preguntará a los ídolos y consultará las entrañas de los animales. 22 La adivinación le conducirá a la derecha contra Jerusalén , a fin de que vaya a batirla con rampas, para que dé a conocer la muerte, para que alce la voz con aullidos, para que dirija las rampas contra las puertas, y forme terraplenes, y construya fortines. 23 Y parecerá a la vista de ellos como si aquel rey hubiese en vano consultado el oráculo; y como si celebrase el descanso del sábado. El tendrá presente la perfidia de los judíos, y tomará la ciudad.

24 Por tanto esto dice el Señor Dios: Porque habéis hecho alarde de vuestra perfidia, y habéis hecho públicas vuestras prevaricaciones, y en todos vuestros designios habéis hecho patentes vuestros pecados, ya que, repito, os habéis jactado de eso, seréis cautivados. 25 Mas tú, ¡oh profano e impío caudillo de Israel!, para quien ha llegado el día señalado del castigo de tu iniquidad, 26 esto dice el Señor Dios: Depón la diadema, quítate la coron,: ¿no es esa corona la que a su arbitrio ensalzó al hombre vil, y abatió al varón grande? 27 Yo haré manifiesta la iniquidad, su iniquidad, la iniquidad de él; mas esto no sucederá hasta cuando venga aquel de quien es el juicio o reino; y a él daré yo esa corona.

28 Y tú, ¡oh hijo de hombre!, profetiza y di: Esto dice el Señor Dios acerca de los hijos de Amón, y de sus insultos contra Israel; y dirás tú: ¡Espada, espada!, sal de la vaina para degollar; afílate para dar la muerte y relumbrar,

29 (en la ocasión en que tus adivinos, ¡oh Amón!, te anuncian cosas vanas y mentirosas adivinaciones) a fin de que estés pronta, y descargues tus golpes sobre los cuellos de los impíos amonitas, a quienes llegó el plazo señalado para el castigo de su maldad. 30 Y después vuélvete a tu vaina. En el lugar donde fuiste formada, en la Caldea, tierra de tu nacimiento , allí te juzgaré, 31 y derramaré sobre ti la indignación mía; soplaré contra ti en la fragua de mi encendido furor, y te entregaré en manos de hombres insensatos y fraguadores de desastres. 32 Servirás, ¡oh caldeo!, de cebo al fuego; despreciada se verá por el suelo la sangre tuya, y serás entregado a perpetuo olvido; porque yo el Señor he hablado.
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