VENIDA la mañana, todos los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo tuvieron consejo contra Jesús para hacerle morir.

2 Y declarándole reo de muerte, le condujeron atado y entregaron al presidente o gobernador, Poncio Pilato.

3 Entonces Judas, el que le había entregado, viendo a Jesús sentenciado, arrepentido de lo hecho, restituyó las treinta monedas de plata a los príncipes de los sacerdotes y a los ancianos. 4 Diciendo: Yo he pecado, pues he vendido la sangre inocente. A lo que dijeron ellos: A nosotros ¿qué nos importa? ¡Tú verás! 5 Mas él, arrojando el dinero en el templo, se fue y echándose un lazo, se ahorcó.

6 Pero los príncipes de los sacerdotes, recogidas las monedas, dijeron: No es lícito meterlas en el tesoro del templo siendo como son precio de sangre. 7 Y habiéndolo tratado en consejo, compraron con ellas el campo de un alfarero para sepultura de los extranjeros;

8 por lo cual se llamó dicho campo Hacéldama, esto es, Campo de sangre, y así se llama hoy día;

9 con lo que vino a cumplirse lo que predijo el profeta Jeremías, que dice: Han recibido las treinta monedas de plata, precio del puesto en venta, según fue avaluado por los hijos de Israel;

10 y las emplearon en la compra del campo de un alfarero, como me lo ordenó el Señor.

11 Fue, pues, Jesús presentado ante el presidente, y el gobernador le interrogó diciendo: ¿Eres tú el rey de los judíos? Le respondió Jesús : Tú lo dices.

12 Y por más que le acusaban los príncipes de los sacerdotes y los ancianos, nada respondió.

13 Por lo que Pilato le dijo: ¿No oyes de cuántas cosas te acusan? 14 Pero él a nada contestó de cuanto le dijo; de manera que el gobernador quedó en extremo maravillado. 15 Acostumbraba el gobernador conceder por razón de la fiesta de la Pascua , la libertad de un reo, a elección del pueblo.

16 Y teniendo a la sazón en la cárcel a uno muy famoso, llamado Barrabás, 17 preguntó Pilato a los que habían concurrido: ¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás, o a Jesús , que es llamado el Cristo , o Mesías?, 18 porque sabía bien que se lo habían entregado los príncipes de los sacerdotes por envidia. 19 Y estando él sentado en su tribunal, le envío a decir su mujer: No te mezcles en las cosas de ese justo, porque son muchas las congojas que hoy he padecido en sueños por su causa. 20 Entretanto, los príncipes de los sacerdotes y los ancianos indujeron al pueblo a que pidiese la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús .

21 Así es que preguntándoles el gobernador otra vez, y diciendo: ¿A quién de los dos queréis que os suelte?, respondieron ellos: A Barrabás. 22 Les replicó Pilato: Pues ¿qué he de hacer de Jesús , llamado el Cristo ?

23 Dijeron todos: ¡Sea crucificado! Y el gobernador: Pero ¿qué mal ha hecho? Mas ellos comenzaron a gritar más, diciendo: ¡Sea crucificado!

24 Con lo que viendo Pilato que nada adelantaba, antes bien, que cada vez crecía el tumulto, mandando traer agua, se lavó las manos a la vista del pueblo, diciendo: Inocente soy yo de la sangre de este justo, allá os lo veáis vosotros. 25 A lo cual respondiendo todo el pueblo, dijo: Recaiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos. 26 Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús , después de haberlo hecho azotar, lo entregó en sus manos para que fuese crucificado.

27 En seguida los soldados del gobernador, cogiendo a Jesús y poniéndolo en el pórtico del pretorio o palacio de Pilato, juntaron alrededor de él la cohorte, o compañía, toda entera.

28 Y desnudándolo, lo cubrieron con un manto de púrpura. 29 Y entretejiendo una corona de espinas, se la pusieron sobre la cabeza, y una caña por cetro en su mano derecha; y con la rodilla hincada en tierra le escarnecían diciendo: Dios te salve, Rey de los judíos.

30 Y escupiéndolo, tomaban la caña y lo herían en la cabeza. 31 Y después que así se mofaron de él, le quitaron el manto, y habiéndolo puesto otra vez sus propios vestidos, lo sacaron a crucificar. 32 Al salir de la ciudad encontraron un hombre natural de Cirene, llamado Simón, al cual obligaron a que cargase con la cruz de Jesús .

33 Y llegados al lugar que se llama Gólgota esto es, lugar del Calvario, o de las Calaveras,

34 allí le dieron a beber vino mezclado con hiel; mas él, habiéndolo probado, no quiso beberlo. 35 Después que le hubieron crucificado, repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes. Con esto se cumplió la profecía que dice: Repartieron entre sí mis vestidos, y sortearon mi túnica.

36 Y sentándose junto a él, le guardaban. 37 Le pusieron también sobre la cabeza estas palabras, que denotaban la causa de su condenación: Este es Jesús , el Rey de los Judíos. 38 Al mismo tiempo fueron crucificados con él dos ladrones, uno a la diestra y otro a la siniestra. 39 Y los que pasaban por allí lo insultaban y escarnecían, meneando la cabeza y diciendo:

40 ¡Hola!, tú que derribas el templo de Dios y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres el Hijo de Dios, desciende de la cruz.

41 De la misma manera también los príncipes de los sacerdotes, a una con los escribas y los ancianos, insultándole decían: 42 A otros ha salvado, y no puede salvarse a sí mismo; si es el Rey de Israel, baje ahora de la cruz y creeremos en él; 43 él pone su confianza en Dios; pues si Dios le ama tanto, líbrele ahora, ya que él mismo decía: Yo soy el Hijo de Dios.

44 Y eso mismo le echaban en cara aun los ladrones que estaban crucificados en su compañía.

45 Mas desde el mediodía hasta las tres de la tarde quedó toda la tierra cubierta de tinieblas. 46 Y cerca de las tres de la tarde exclamó Jesús con una gran voz, diciendo: ELI, ELI, ¿LAMMA SABACTANI? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

47 Lo que oyendo algunos de los presentes, decían: A Elías llama éste. 48 Y luego, corriendo uno de ellos, tomó una esponja, la empapó en vinagre, y puesta en la punta de una caña, se la daba a chupar.

49 Los otros decían: Dejad, veamos si viene Elías a librarle. 50 Entonces Jesús , clamando de nuevo con una voz grande y sonora, entregó su espíritu. 51 Y al momento el velo del templo se rasgó en dos partes, de arriba abajo, y la tierra tembló, y se partieron las piedras;

52 y los sepulcros se abrieron, y los cuerpos de muchos santos que habían muerto resucitaron, 53 y saliendo de los sepulcros después de la resurrección de Jesús , vinieron a la ciudad santa, y se aparecieron a muchos. 54 Entretanto el centurión y los que con él estaban guardando a Jesús , visto el terremoto y las cosas que sucedían, se llenaron de gran temor, y decían: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios.

55 Estaban también allí, a lo lejos, muchas mujeres, que habían seguido a Jesús desde Galilea para cuidarlo.

56 De las cuales eran María Magdalena, y María madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo. 57 Siendo ya tarde, compareció un hombre rico, natural de Arimatea, llamado José, el cual era también discípulo de Jesús .

58 Este se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús , el cual mandó Pilato que se le entregase. 59 José, pues, tomando el cuerpo de Jesús , le envolvió en una sábana limpia. 60 Y lo colocó en un sepulcro suyo que había hecho abrir en una peña, y no había servido todavía; y arrimando una gran piedra, cerró la boca del sepulcro, y se fue. 61 Estaban allí María Magdalena y la otra María, sentadas enfrente del sepulcro.

62 Al día siguiente, que era el de después de la preparación del sábado, o el sábado mismo, acudieron junto a Pilato los príncipes de los sacerdotes y los fariseos, 63 diciendo: Señor, nos hemos acordado que aquel impostor, estando todavía en vida, dijo: Después de tres días resucitaré. 64 Manda, pues, que se guarde el sepulcro hasta el tercer día; para que no vayan quizás de noche sus discípulos y lo hurten, y digan a la plebe: Ha resucitado de entre los muertos; y sea el último engaño peor que el primero. 65 Les respondió Pilato: Ahí tenéis la guardia: Id y ponedla como os parezca. 66 Con eso, yendo allá aseguraron bien el sepulcro, sellando la piedra y poniendo guardias.
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