DESPUÉS de esto eligió el Señor otros setenta y dos discípulos, a los cuales envió delante de él, de dos en dos. Por todas las ciudades y lugares adonde había de venir él mismo. 2 Y les decía: La mies de la verdad es mucha, mas los trabajadores pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.

3 Id vosotros, he aquí que yo os envío a predicar como corderos entre lobos.

4 No llevéis bolsillo ni alforja, ni zapatos, ni os paréis a saludar a nadie por el camino.

5 Al entrar en cualquier casa, decid ante todas las cosas: La paz sea en esta casa; 6 que si en ella hubiere algún hijo de la paz, descansará vuestra paz sobre él; donde no, se volverá a vosotros. 7 Y perseverad, en aquella misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan; pues el que trabaja, merece su recompensa. No andéis pasando de casa en casa.

8 En cualquier ciudad que entrareis y os hospedaren, comed lo que os pusieren delante, 9 y curad a los enfermos que en ella hubiere, y decidles: El reino de Dios está cerca de vosotros. 10 Pero si en la ciudad donde hubiereis entrado, no quisieren recibiros, saliendo a las plazas, decid: 11 Hasta el polvo que se nos ha pegado de vuestra ciudad, lo sacudimos contra vosotros; mas sabed que el reino de Dios está cerca.

12 Yo os aseguro que Sodoma será tratada el día aquel, con menos rigor que tal ciudad. 13 ¡Ay de ti Corozaín!, ¡ay de ti Betsaida!, porque si en Tiro y en Sidón se hubiesen hecho los milagros que se han hecho en vosotras, hace tiempo que hubieran hecho penitencia cubiertas de cilicio, y yaciendo sobre la ceniza.

14 Por eso Tiro y Sidón serán juzgadas con más clemencia que vosotras. 15 Y tú, ¡oh Cafarnaúm!, que te has levantado hasta el cielo, serás abatida hasta el infierno. 16 El que os escucha a vosotros, me escucha a mí; y el que os desprecia a vosotros, a mí me desprecia. Y quien a mí me desprecia, desprecia a aquel que me ha enviado.

17 Regresaron los setenta y dos discípulos llenos de gozo, diciendo: Señor, hasta los demonios mismos se sujetan a nosotros por la virtud de tu nombre. 18 A lo que les respondió: Yo estaba viendo a Satanás caer del cielo a manera de relámpagos. 19 Vosotros veis que os he dado potestad de hollar serpientes, y escorpiones, y todo el poder del enemigo, de suerte que nada podrá hacer daño. 20 Con todo eso, no tanto habéis de gozaros, porque se os rinden los espíritus, cuanto porque vuestros nombres están escritos en los cielos. 21 En aquel mismo punto Jesús manifestó un extraordinario gozo, al impulso del Espíritu Santo, y dijo: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has encubierto estas cosas a los sabios y prudentes del siglo, y las has descubierto a los humildes y pequeños. Así es, ¡oh Padre!, porque así fue tu beneplácito.

22 El Padre ha puesto en mi mano todas las cosas. Y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quisiera revelarlo.

23 Y vuelto a sus discípulos, dijo: Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis;

24 pues os aseguro que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; como también oír las cosas que vosotros oís, y no las oyeron.

25 Se levantó entonces un doctor de la ley, y le dijo con el fin de tentarle: Maestro, ¿qué debo yo hacer para conseguir la vida eterna?

26 Le dijo Jesús : ¿Qué es lo que se halla escrito en la ley? ¿Qué es lo que en ella lees? 27 Respondió él: Amarás al Señor Dios tuyo de todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente, y al prójimo como a ti mismo.

28 Le replicó Jesús : Bien has respondido, has eso y vivirás. 29 Mas él queriendo dar a entender que era justo, preguntó a Jesús : ¿Y quién es mi prójimo? 30 Entonces Jesús tomando la palabra, dijo: Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó , y cayó en manos de ladrones, que le despojaron de todo, le cubrieron de heridas, y se fueron, dejándolo medio muerto. 31 Bajaba casualmente por el mismo camino un sacerdote, y aunque le vio pasó de largo. 32 Igualmente un levita, a pesar de que se halló vecino al sitio, y le miró, tiró adelante. 33 Pero un caminante samaritano, llegó adonde estaba, y viéndole se movió a compasión; 34 y arrimándose, vendó sus heridas bañándolas con aceite y vino; y subiéndole en su cabalgadura, le condujo al mesón, y cuidó de él. 35 Al día siguiente sacó dos denarios, y se los dio al mesonero, diciéndole: Cuídame este hombre; y todo lo que gastares de más yo te lo abonaré a mi vuelta. 36 ¿Quién de estos tres te parece haber sido prójimo del que cayó en manos de los ladrones? 37 Aquel, respondió el doctor, que usó con él de misericordia. Pues anda, le dijo Jesús , y haz tú otro tanto.

38 Prosiguiendo Jesús su viaje a Jerusalén , entró en cierta aldea, donde una mujer, por nombre Marta, lo hospedó en su casa. 39 Tenía ésta una hermana llamada María, la cual sentada también a los pies del Señor estaba escuchando su palabra. 40 Mientras tanto Marta andaba muy afanada en disponer todo lo que era menester, por lo cual se presentó a Jesús y dijo: Señor, ¿no reparas que mi hermana me ha dejado sola en las faenas de la casa? Dile, pues, que me ayude. 41 Pero el Señor le dio estas respuestas: Marta, Marta, tú te afanas y acongojas en muchísimas cosas; 42 y a la verdad que una sola cosa es necesaria. María ha escogido la mejor suerte, de que jamás será privada.
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