AQUEL día, saliendo Jesús de casa, fue y se sentó a la orilla del mar. 2 Y se juntó a su alrededor un concurso tan grande de gente, que le fue preciso entrar en una barca, y tomar asiento en ella; y todo el pueblo estaba en la ribera;

3 al cual habló de muchas cosas por medio de parábolas, diciendo: Salió una vez cierto sembrador a sembrar;

4 y al esparcir los granos, algunos cayeron cerca del camino; y vinieron las aves del cielo y se los comieron. 5 Otros cayeron en pedregales, donde había poca tierra, y luego brotaron, por estar muy someros en la tierra, 6 mas nacido el sol se quemaron y se secaron, porque casi no tenían raíces. 7 Otros granos cayeron entre espinas, y crecieron las espinas y los sofocaron. 8 Otros, en fin, cayeron en buena tierra, y dieron fruto, donde ciento por uno, donde sesenta, y donde treinta. 9 Quien tenga oídos para entender, entienda.

10 Acercándose después sus discípulos, le preguntaban: ¿Por qué les hablas por parábolas? 11 El cual les respondió: Porque a vosotros se os ha dado el privilegio de conocer los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no se les ha dado; 12 siendo cierto que al que tiene lo que debe tener, se le dará aun más, y estará sobrado; mas al que no tiene lo que debe tener, le quitarán aun lo que tiene.

13 Por eso les hablo con parábolas; porque ellos viendo no miran; y oyendo no escuchan ni entienden; 14 con que viene a cumplirse en ellos la profecía de Isaías que dice: Oiréis con vuestros oídos, y no entenderéis; y por más que miréis con vuestros ojos, no veréis.

15 Porque ha endurecido este pueblo su corazón, y ha cerrado sus oídos, y tapado sus ojos a fin de no ver con ellos, ni oír con los oídos, ni comprender con el corazón, por miedo de que, convirtiéndose, yo le dé la salud.

16 Dichosos vuestros ojos porque ven, y dichosos vuestros oídos porque oyen.

17 Pues en verdad os digo que muchos profetas y justos ansiaron ver lo que vosotros estáis viendo, y no lo vieron, y oír lo que oís, y no lo oyeron.

18 Escuchad ahora la parábola del sembrador. 19 Cualquiera que oye la palabra del reino de Dios y no para en ella su atención, viene el mal espíritu y le arrebata aquello que se había sembrado en su corazón; éste es el sembrado junto al camino. 20 El sembrado en tierra pedregosa es aquel que oye la palabra de Dios y por el momento la recibe con gozo; 21 mas no tiene interiormente raíz, sino que dura poco; y sobreviniendo la tribulación y persecución por causa de la palabra, luego le sirve ésta de escándalo. 22 El sembrado entre espinas es el que oye la palabra de Dios, mas los cuidados de este siglo y el embeleso de las riquezas lo sofocan y queda infructuosa. 23 Al contrario, el sembrado en buena tierra es el que oye la palabra de Dios y la medita, y produce fruto, parte ciento por uno, parte sesenta, y parte treinta.

24 Otra parábola les propuso, diciendo: El reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena simiente en su campo.

25 Pero al tiempo de dormir los hombres, vino cierto enemigo suyo y sembró cizaña en medio del trigo, y se fue. 26 Estando ya el trigo en hierba y apuntando la espiga, se descubrió asimismo la cizaña. 27 Entonces los criados del padre de familia acudieron a él, y le dijeron: Señor, ¿no sembraste buena simiente en tu campo?; pues ¿cómo tiene cizaña? 28 Les respondió: Algún enemigo mío la habrá sembrado. Replicaron los criados: ¿Quieres que vayamos a cogerla? 29 A lo que respondió: No, porque no suceda que, arrancando la cizaña, arranquéis con ella el trigo. 30 Dejad crecer una y otro hasta la siega, que al tiempo de la siega, yo diré a los segadores: coged primero la cizaña, y haced gavillas de ella para el fuego, y meted después el trigo en mi granero.

31 Les propuso otra parábola diciendo: El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza que tomó en su mano un hombre, y lo sembró en su campo.

32 El cual es a la vista menudísimo entre todas las semillas; mas creciendo viene a ser mayor que todas las legumbres, y se hace árbol; de forma que las aves del cielo bajan y se posan en sus ramas. 33 Y añadió esta otra parábola: El reino de los cielos es semejante a la levadura, que cogió una mujer y la mezcló con tres satos o celemines de harina, hasta que toda la masa quedó fermentada.

34 Todas estas cosas dijo Jesús al pueblo por parábolas, sin las cuales no solía predicarles; 35 cumpliéndose lo que había dicho el profeta: Abriré mi boca para hablar con parábolas; publicaré cosas misteriosas que han estado ocultas desde la creación del mundo.

36 Entonces Jesús , despedido el auditorio, volvió a casa, y rodeándole sus discípulos le dijeron: Explícanos la parábola de la cizaña sembrada en el campo.

37 El cual les respondió: El que siembra la buena simiente es el Hijo del hombre; 38 el campo es el mundo; la buena simiente son los hijos del reino; la cizaña son los hijos del espíritu maligno. 39 El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del mundo; los segadores son los ángeles.

40 Y así como se recoge la cizaña y se quema en el fuego, así sucederá al fin del mundo: 41 Enviará el Hijo del hombre a sus ángeles, y quitarán de su reino a todos los escandalosos y a cuantos obran la maldad; 42 y los arrojarán en el horno del fuego; allí será el llanto y el crujir de dientes.

43 Al mismo tiempo los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre. El que tiene oídos para entenderlo, entiéndalo.

44 Es también semejante el reino de los cielos a un tesoro escondido en el campo, que si lo halla un hombre lo encubre de nuevo, y gozoso del hallazgo va y vende todo cuanto tiene y compra aquel campo. 45 El reino de los cielos es asimismo semejante a un mercader que trata en perlas finas. 46 Y viniéndole a las manos una de gran valor, va y vende todo cuanto tiene, y la compra. 47 También es semejante el reino de los cielos a una red, que echada en el mar allega todo género de peces ; 48 la cual estando llena, la sacan los pescadores, y sentados en la orilla van escogiendo los buenos y los meten en sus cestos, y arrojan los de mala calidad. 49 Así sucederá al fin del siglo: Saldrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos; 50 y los arrojarán en el horno del fuego. Allí será el llanto y el crujir de dientes. 51 ¿Habéis entendido bien todas estas cosas? Sí, Señor, le respondieron. 52 Y él añadió: Por eso todo doctor bien instruido en lo que mira al reino de los cielos es semejante a un padre de familia que va sacando de su repuesto cosas nuevas y cosas antiguas, según conviene.

53 Cuando concluyó Jesús estas parábolas, partió de allí. 54 Y pasando a su patria, se puso a enseñar en las sinagogas de sus naturales; de tal manera que no cesaban de maravillarse, y se decían: ¿De dónde le ha venido a éste tal sabiduría y tales milagros?

55 Por ventura, ¿no es el hijo del artesano, o carpintero? ¿Su madre no es la que se llama María? ¿No son sus primos hermanos Santiago, José, Simón y Judas?

56 Y sus primas hermanas, ¿no viven todas entre nosotros? Pues, ¿de dónde le vendrán a éste todas esas cosas? 57 Y estaban como escandalizados de él. Jesús les dijo: No hay profeta sin honra, sino en su patria y en la propia casa.

58 En consecuencia, hizo aquí muy pocos milagros a causa de su incredulidad.
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