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2 Mac
HOMBRE soy yo que estoy viendo la miseria mía o aflicción en la vara de la indignación del Señor. 2 Entre tinieblas o aflicciones me ha hecho andar, y no en el resplandor de la luz. 3 No ha cesado día y noche de descargar sobre mí su mano. 4 Ha hecho envejecer mi piel y mi carne, y ha quebrantado mis huesos. 5 Ha levantado una pared alrededor mío; y me ha cercado de amarguras y de congojas. 6 Me ha colocado en lugar tenebroso, como a aquellos que ya han muerto para siempre. 7 Me rodeó por todos lados para que no escapase; me puso pesados grillos. 8 Y aunque yo clame y ruegue, no hace caso de mis plegarias. 9 Cerró mis caminos como con piedras de sillería; desbarató todos mis senderos o designios. 10 Ha venido a ser para mí como un oso en acecho, como un león en lugar oculto. 11 El ha trastornado mis senderos, y me ha destrozado; me ha abandonado a la desolación. 12 Tendió su arco, y me puso por blanco de sus saetas.
13 Ha clavado en mis lomos las flechas de su aljaba. 14 He venido a ser el escarnio de todo mi pueblo, y su cantinela diaria. 15 Me ha llenado de amargura, me ha embriagado de ajenjo. 16 Ha quebrado todos mis dientes, dándome pan lleno de arena; ceniza me ha dado a comer. 17 Desterrada está de mi alma la paz o abundancia; no sé ya lo que es felicidad. 18 Y dije yo: Ha desaparecido para mí todo término de mis males, y toda la esperanza que tenía en el Señor. 19 Acuérdate, Señor, de mi miseria y persecución, y del ajenjo y de la hiel que me hacen beber. 20 De continuo tengo en la memoria estas cosas, y se repudre dentro de mí el alma mía. 21 Con todo, considerando estas cosas dentro de mi corazón, hallaré mi esperanza en el Señor. 22 Es una misericordia del Señor que nosotros no hayamos sido consumidos del todo, porque jamás han faltado sus piedades. 23 Cada día las hay nuevas desde muy de mañana; grande es, ¡oh Señor!, tu felicidad. 24 Mi herencia, dice el alma mía, es el Señor; por tanto pondré en él mi confianza.
25 Bueno es el Señor para los que esperan en él, para las almas que le buscan. 26 Bueno es aguardar en silencio la salud que viene de Dios. 27 Bueno es para el hombre haber llevado el yugo ya desde su mocedad. 28 Se estará quieto y callado, porque ha tomado sobre sí el yugo. 29 Su boca pegará al suelo, para ver si orando consigue lo que espera. 30 Presentará su mejilla al que le hiere; le hartarán de oprobios. 31 Pero no para siempre lo desechará de sí el Señor. 32 Pues si él nos ha desechado, aún se apiadará de nosotros, según la grandeza de su misericordia. 33 Puesto que no de buena gana abate él, ni desecha a los hijos de los hombres, 34 ni huella debajo de sus pies, como un tirano, todos los cautivos de la tierra, 35 ni pesa con infiel balanza, ante su presencia, la causa del hombre, 36 ni daña con injusta sentencia a hombre alguno, eso no sabe el Señor hacerlo.
37 ¿Quién es aquel que ha dicho que se hace alguna cosa sin que el Señor lo ordene?

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38 ¿No vienen acaso de orden del Señor los males y los bienes? 39 Pues ¿por qué se ha de quejar hombre viviente del castigo de sus pecados? 40 Examinemos y escudriñemos nuestros pasos, y convirtámonos al Señor. 41 Levantemos al cielo, hacia el Señor, junto con las manos, nuestros corazones. 42 Nosotros nos portamos inicuamente, y provocamos, ¡oh Señor!, tu enojo; por eso te muestras inexorable. 43 Te cubriste de furor y nos castigaste, mataste sin perdonar a nadie. 44 Pusiste una nube delante de ti, para que no pudiesen llegar a tu presencia nuestras plegarias. 45 Tú nos has arrancado de cuajo y arrojado como basura en medio de los pueblos. 46 Han abierto todos los enemigos su boca contra nosotros. 47 Se convirtió la profecía en terror nuestro, y en lazo y en ruina nuestra. 48 Ríos de agua salen de mis ojos en vista del quebranto de la hija del pueblo mío.
49 Se deshacen mis ojos en continuo llanto, porque no hay reposo alguno, 50 hasta tanto el Señor vuelva desde el cielo su vista, y se ponga a mirar. 51 Las muchas lágrimas que he derramado por los desastres de todas las hijas o pueblos de mi patria, han consumido en mí todo el jugo o espíritu vital. 52 Como el ave en el cazadero, se apoderaron de mí mis enemigos sin que yo les diese motivo. 53 Cayó en el lago o fosa el alma mía; han puesto la losa sobre mí. 54 Las aguas de la tribulación descargaron como un diluvio sobre mi cabeza. Yo dije entonces: Perdido estoy. 55 Invoqué, oh Señor, tu santo Nombre desde lo más profundo de la fosa; 56 y tú escuchaste mi voz; no cierres, pues, tus oídos a mis sollozos y clamores. 57 Te me acercaste en el día en que te invoqué; y me dijiste: No temas. 58 Tú fallaste a favor del alma mía, ¡oh Señor!, ¡oh redentor de mi vida! 59 Viste, oh Señor, las iniquidades de ellos contra m,: hazme justicia. 60 Viste todo su furor, todas sus maquinaciones contra mí. 61 Tú oíste, oh Señor, sus oprobios, y todos sus proyectos contra mí, 62 y las palabras malignas de los que me hacen la guerra, y todo cuanto traman continuamente contra mí. 63 Repara, Señor, todas sus idas y vueltas; yo soy siempre el objeto de sus canciones burlescas. 64 Tú les darás, ¡oh Señor!, lo que merecen las obras de sus manos. 65 Pondrás sobre su corazón, en vez de escudo, las aflicciones que les enviarás. 66 ¡Oh Señor!, tú los perseguirás con saña, y los exterminarás de debajo de los cielos.

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Atlas